Enviado a través de Google Reader AJEDREZ CONTRA EL ENVEJECIMIENTO Cuentan los sabios que la práctica continuada del ejercicio físico es el mejor antídoto contra las enfermedades cardiovasculares. Y nosotros sabemos que la práctica continuada de nuestro noble arte/ciencia/juego/ deporte tiene un efecto muy beneficioso sobre la actividad cerebral y el desarrollo de capacidades de cálculo abstracto, la memoria y capacidades volitivas varias. Lo que no todos conocen es la evidencia empírica constatada por numerosos estudios científicos (no lo invento) que asegura que el ajedrez, junto con la danza, son los enemigos declarados del alzheimer, esa patología degenerativa que cada vez ataca con mayor frecuencia a nuestros mayores. Pues sí, así es: el ajedrez ralentiza el proceso degenerativo de las células cerebrales. Todos sabemos lo duro y sacrificado que supone la competición ajedrecística, lo exigente que es a nivel físico soportar un esfuerzo prolongado de hasta cinco o seis horas calculando y calculando, recordando variantes y planes, y podemos imaginar lo que eso debe suponer cuando el ajedrecista supera ya los sesenta, o setenta. Y que decir de un ajedrecista octogenario. Así pues, olé señor Korchnoi. Es un ejemplo ver a un anciano de esa edad combatir con ferocidad y elegancia en los tableros, en multitud de torneos, y es una alegría saber que pasarán los años y podremos continuar haciendo deporte mientras nuestro ánimo nos lo permita, aunque nuestro cuerpo esté cuajado de lesiones e impedimentos motrices, aunque nuestro rival sea nuestro hijo, nieto o biznieto. ¿Somos conscientes de ello? Yo sí. Porque no necesito leer una revista para acordarme de Korchnoi. Veo todas las semanas a un veterano de ochenta y seis años sentarse frente al tablero, silencioso, elegante, deportivo, contraponiendo su defensa francesa a las novedades teóricas de los jóvenes, bebiendo pausadamente su agua mineral mientras calcula y calcula, soportando cuatro horas de juego y partidas de más de sesenta movimientos y venciendo o inclinando su rey, no importa (¡mucho más de lo primero!), pero siempre dándonos a todos -y no sólo a su rival- una lección de caballerosidad y pundonor, una lección de deportividad, una lección de ajedrez de alta escuela. Enviado desde mi iPod